martes

CINCO A.M.

Cinco de la madrugada, luces tenúes,
nadie sabrá nunca, la hora exacta,
tal vez ni tú, ni yo, ni la luna que observaba,
el olor a rosas junto a la almohada,
miradas cruzadas, hablan más que callan,
una intuición, un beso ardiente, llamarada,
mil pensamientos que se entrecruzaban,
sólo fue un segundo, preciso y certero,
todo estaba en calma, menos los deseos.

Nadie puede culpar quién fue el primero,
en quitarse ropa, quedarnos en cueros,
mirarnos despacio, tenernos enteros,
besar nuestras pieles, saciar los deseos.
Te abrazo, te beso, te acojo en mi cuerpo,
me tienes, te tengo, te beso, me tienes,
te descubro entera, me ves mis secretos.

Abatidos y desarmados, quisiéramos vernos,
llenos de placer y ternura, descansando,
sobre las horas que tus labios se posaron
en mi cuerpo, y tú cuerpo reclamaba una mirada,

pensando en el tiempo, que nuestros cuerpos
se reclamarán de nuevo, sin darnos cuenta
que ese tiempo no existe, porque mi cuerpo
te está reclamando de nuevo. Digo tu nombre.

Y digo paz.
y me sale amor,
y amo
aún sabiendo
que hay un mañana mejor.

Y tú lo sabes.

Liado entre tus sábanas
ignominia de los nombres
nación del mundo
amor sin nombre.

Cavilamos poco tiempo
el tiempo justo, para comprender
que queda mucho por dar,
y todo para recibir.

Cavilamos.

Encontró al hombre,

al otro lado del espejo
estaba el eje de sus caderas,
el epicentro del sudor
de una noches luminosa,
sus montes, sus pliegues
sus curvas sus tentaciones
y en el centro
el amor de sus amores.
Y sus flores.

Cavilando…

© Igna